Sunday, April 27, 2008

Una rubia en kimono

Maryann Ullmann
No todos los días uno puede entrar a un lugar y que todas las cabezas se den vuelta expectantes. Yo estaba simplemente acompañando a mi amiga japonesa, Mariko, en sus diligencias por un pequeño pueblo afuera de Kioto, cuando ella hizo una parada en el salón de belleza para hacer los preparativos para una próxima fiesta.
Pero ni bien la puerta se cerró con un tintineo de campanillas, un enjambre de peluqueros, artistas de maquillaje y vestidores de kimono, se arremolinó zumbando a mi alrededor con emoción, tocando mi largo cabello rubio, y parloteando rápidamente. Mariko tradujo: “Quieren ponerte un kimono”, y dijo, “¿qué piensas?”.
Mis ojos se abrieron. Ponerse un kimono no era una cosa menor. Las mujeres asisten a escuelas por varios meses para aprender el proceso de vestir kimono; un ajustado arte que toma alrededor de tres horas y cuesta varios cientos de dólares. Y ese era apenas el precio por el servicio de ser vestido antes de dejar el salón. Hay admás un costo de alquiler del kimono, pero ¿saben cuánto si quieren comprarlo? $10.000. Las mujeres japonesas modernas muchas veces eligen entre ahorrar para un kimono o un coche.
Nerviosa, le dije a Mariko, “No tengo el dinero…”
“No, ellos quieren hacerlo gratis”, dijo, “sólo por diversión.”
Me sentí un poco ridícula, pero supe que esa no era una oportunidad para dejar pasar. Entonces hicimos un plan para volver más tarde y dejar que lo hicieran a su manera. Cuando volvimos, ya estaban preparados. Habían escogido un hermoso kimono de seda celeste--para combinar con mis ojos, dijeron--con flores de un fucsia espectacular. Me sentaron para pintarme el rostro primero: un arco de sombra azul como una reina de la disco de los setenta, combinado con el exagerado delineador y rubor de las geishas.
Luego el peluquero empezó a pasar sus dedos y peines por mi pelo, comentando la diferencia de textura con la que él acostumbraba: más fino, más suave. Esto será interesante, dijo. Procedió a separar y sujetar varias mechas de pelo en unos hábiles y femeninos fuegos artificiales, al tiempo que se ponía a trabajar con la bucleadora y las hebillas. Y luego, un misterio del tradicional arte del peinado japonés me fue revelado: los suaves rodetes, curvos y abultados, eran en realidad formas de goma espuma que mi pelo envolvía y sostenía. Dejando fuera mechones rizados para enmarcar mi rostro, luego él adornó la escultura con una horquilla de mariposa y una cascada colgante de flores rosas para combinar con el kimono.
Después fui llevada rápidamente escaleras arriba, y entregada a la asistente que ayuda a ponerse el kimono. Ella me dio la bienvenida a su guarida y cerró la puerta al alboroto de abajo. La atmósfera se volvió reverencial. El cuarto era simple: un gran armario, un espejo de cuerpo entero y mucho espacio libre donde trabajar. Me instruyó para transformarme en un papel blanco, después de lo cual volvió con pilas de telas, ninguna de los cuales era el kimono en sí.
Se puso a trabajar silenciosamente y con gran concentración; mis brazos colgaban fuera como un espantapájaros, y envolvió varios anchos de tela alrededor de mi sección media. Ella aplanó mi pecho y también aplastó y acolchó mi vientre, todo para conseguir la forma cilíndrica de la silueta femenina ideal para usar kimono. Otro par de capas de papeles y varias apretadas de cinturón más, empecé a pensar que ella debía estar cerca de terminar y estaba empezando a sentirme mareada, pero todavía hubo más envoltorios y ataduras. Pensé en los viejos corsés con cordones y ballenitas de la tradición occidental; en las variadas técnicas alrededor del mundo para dejar fácilmente sin aliento a las mujeres.
Finalmente, ella retiró con delicadeza el kimono de su caja dorada y cubrió mi ahora rígida forma, y lo envolvió en todavía más capas, y tiró y tiró de él sobre mi silueta, estirándolo con sus manos por los lados para esfumar extraños pliegues y arrugas. Luego ella culminó todas las capas alrededor de mi sección media con un obi fucsia y pasó un buen rato detrás de mi espalda atando y volviéndolo a atar para lograr la reverencia justa.
Una última cuerda dorada sostuvo el obi y yo ya estuve realmente lista. Ella me deslizó un par de medias blancas, bifurcadas en el dedo gordo del pie; encontró un par de zapatos de kimono sólo un número menos--yo tenía los pies más grandes que ella jamás hubiera visto. Me paré sobre los zapatos, como chancletas de plataforma, y luego comprendí con horror que se esperaba que navegara de alguna forma de nuevo escaleras abajo.
No había esperado ser barrida en una espontánea ceremonia de kimono esa tarde. No estaba preparada para el profundo cambio mental que el uso del kimono trajera. Sin mencionar el cambio en el modo en que fui tratada por aquellas personas que me rodeaban. Cuando empecé a arrastrar los pies hacia delante en los minúsculos, cortos movimientos que los zapatos y el kimono me permitían, de pronto descubrí que no se esperaba en absoluto que descendiera las escaleras por mí misma, ni que hiciera nada de eso. Me di cuenta de que imprevistamente me había convertido en algo parecido a una muñeca humana.
Los asistentes me flanquearon, alzaron partes del kimono, me ayudaron a caminar, me trajeron una gaseosa, abrieron la lata, me ayudaron a entrar y salir del coche que me llevó a un jardín Zen para tomar fotos; movían mis extremidades y mi cabeza en poses artísticas y por sobre todo, se aseguraban de que ni una punta del carísimo kimono que yo estaba usando se ensuciara ni un poquito. Me sentí mal siendo servida, siendo el completo centro de atención por mi belleza y por nada más, y me di cuenta de que esto era mejor que simplemente rendirse o cualquier otra noción de independencia. ¿Era esta una ventana a la psicología de los roles tradicionales de la élite de las mujeres japonesas? ¿Era mi propia mentalidad individualista occidental la que me hacía sentir tan limitada? Suspendí mi prejuicio y me decidí a dejarme llevar por la corriente.
Aunque el mareo y la sensación de sofocación continuaran, también encontré una cierta lenta y deliberada elegancia. A pesar de las restricciones, fui liberada de la necesidad de correr hacia algún lugar o de hacer algo. Cada momento sucedía cuidadosamente, concentrado en la atención y lo reverencial. Me senté y sonreí en un hermoso jardín Zen al crepúsculo; el agua escurriéndose de la fuente, y disfrutando mi momento eterno en un kimono.
Luego, cuando regresé al cuarto para cambiarme, las cuidadosas capas que tomaron tantas horas fueron deshechas en cinco minutos, yaciendo en un arrugado montón en el piso; el sagrado kimono fue regresado a su caja, y fui abandonada en mi última capa de ropa interior para vestirme yo misma. Mi pelo cayó fuera de sus hebillas en una cascada revuelta y todavía ondeada. Me calcé los jeans y bajé las escaleras sintiéndome horriblemente inestable: aunque había deseado respirar libremente otra vez, me sentí desanimada, desarmada y torpe. No tenía más una excusa para moverme lenta y decididamente. La fascinación se había ido, y fui conducida a la puerta con un cortés “¡Adiós! ¡Gracias!” y el concurrido salón volvió a acicalar a los clientes pagadores. En lo que tal vez fuese un curso rápido de diferencias culturales, comprendí: hay dos diferentes formas de ser, de andar por este mundo, en kimono y sin él. Dos formas de ser totalmente diferentes.


Traducido por Marcela Domine

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