—¿Cómo que no hay vuelo?
—Es Nochebuena —respondió el representante de Aerolíneas Croatas, como si eso sirviera de explicación, como si nadie en Bosnia no supiera que la mayoría de los croatas son católicos.
—¡Me pudiera haber advertido algo de esto cuando compramos los pasajes hace MESES! —grité exasperada.
De ninguna manera iba yo a pasar las Navidades en Sarajevo. De ninguna forma, después de haber recorrido el país entero en mal tiempo, viendo casas y pueblos destrozados, sin hablar el idioma, tratando de convencer a la gente traumatizada que se olvidaran del pasado y que comenzaran de nuevo. Llamé a mi jefe.
Una hora más tarde, todavía furibunda, viré a la derecha y me percaté al instante de una anomalía para Sarajevo: un coche de la policía nuevecito con muchas luces de colores encendidas.
—¡Mierda!
Paré el coche. El coche de la policía también se paró, y de él se apeó uno de los gendarmes capacitados reciéntemente por la OTAN, enorme, tamaño Robo-Cop.
En Bosnia
Bajé el cristal, y antes de que el policía pudiera decir ni una palabra, grité con demasiado entusiasmo —¡Ne govorim Bozanski!
—No importa —dijo el policía—. Hablo inglés.
Estaba atrapada.
—El semáforo rojo y usted no paró.
—¿Cómo? ¡No es cierto!
—Sí, lo es. Aquel semáforo —dijo, indicando con el dedo y siguiendo en su inglés rudimentario—. Usted seguir adelante cuando rojo.
—¡Imposible! —grité. Pero, ¿era verdad? Andaba yo en un estado de ánimo autopiloto inducido por la rabia que tenía todavía, concentrándome exclusivamente en mi mala suerte esa mañana, de haber tenido que cancelar el viaje a Praga, de verme forzada a crear un nuevo plan para ir a Budapest. Sin embargo, aunque el policía tuviera razón, yo no iba a admitir la infracción ahora.
—Usted venir a la estación.
Hay tres reglas que obedezco absolutamente sin excepciones cuando estoy de viaje en el extranjero:
1. no caminar sola de noche
2. en la calle, no mirarle los ojos a ningún hombre, y
3. nunca, jamás, acompañar a un policía gigantesco a
—¿No podríamos resolver este asunto aquí mismo? —pregunté, casi sin voz, esperando que los policías recién entrenados no fueran tan honestos como quisiera la OTAN.
—No. Ir a la estación.
Entonces las sentí. Unas lágrimas humillantes llenándome los ojos. Intenté tragármelas y decía, cada vez en voz más alta —¡No! Usted no entiende. Me cancelaron el viaje. Ahora tengo que ir a Budapest. Hoy es un día especial para mi gente. Y…y… —¿Y qué? ¿Qué pasaría si lloro? ¿Para qué seguir controlándome?
Y solté el llanto. Con el labio inferior temblando, me cubrí la cara con las manos y me eché a sollozar a todo dar. Basta ya de ser mujer fuerte en zona de guerra.
Lloré por lo que pasó ese día, por los huecos en el cemento a causa de proyectiles, por la economía arruinada, por los campamentos de concentración de los años noventa, por todo lo que había sufrido el país.
—¡Aaaa! —dijo él por fin, disgustado—. ¡Vayase no más!— Con eso dio la vuelta y regresó a su coche nuevo y brillante. La OTAN todavía no les había enseñado cómo responder a ese truco.
Budapest, ahí voy.
Traducido del inglés por la autora y Ricardo y Patricia Fernandez.
No comments:
Post a Comment