Katharine Jones
Todo en la ciudad rezumaba de calor. Aún en Brooklyn, de dónde salían del subterráneo, las calles estaban sofocantes y sin brisa y la gente caminaba a un ritmo lento, como si estuviesen oprimidos por pesos enormes.
“¿Podemos parar un minuto?” Elizabeth preguntó mientras llegaban a la esquina, media cuadra antes de la fiesta.
“¿Por qué?” preguntó Mark.
“Me quiero maquillar un poco. No quiero que se note que estuve llorando.”
“¿A quién le importa cómo te veas?”
“A mí me importa,” dijo ella y luego lo repitió, “A mí me importa.”
Ella se sentó en el zaguán de una casa de piedra marrón y aplicó algo de corrector debajo de sus ojos, luego se puso un poco de rimmel para pestañas. En el calor húmedo el maquillaje parecía absurdo. Ellos habían vivido juntos por cuatro años y durante dos años la misma discusión había surgido y siempre terminaba en un punto muerto, sus mejillas cubiertas por lágrimas y nada resuelto.
“Listo,” dijo ella, cerrando su cartera. “Vamos allí como gente normal, feliz.”
“¿Quieres ir o no?”
“¿Por qué no?” contestó ella, haciendo aparecer una falsa sonrisa. “No es que tengamos otra cosa que hacer”.
“No, tienes razón, no tenemos. Buena actitud,” dijo él con un silbido.
“Solo estoy diciendo…”
“Yo sé lo que estabas diciendo. Lo entiendo, ¿Está bien? Entiendo.”
“Bien. Entonces ambos lo tenemos claro, no tenemos nada más importante que hacer.”
Elizabeth se paró y comenzó a caminar por la calle con Mark siguiéndola unos pasos atrás. Ella sabía lo que él había estado pensando. Que en la corriente agradable del jardín de Graciela y Fergus, con bebidas frescas en mano, con amigos con quienes ambos se llevaban bien, que quizás él tendría suerte y el asunto se evaporaría y sería olvidado, como el agua que chorreaba debajo del hidrante abierto que pasaron en Bedford.
Graciela abrió la puerta con un jarro de sangría en una mano y un biberón en la otra. “Pasen, pasen. Estamos un poco desorganizados hoy, así que elijan una mano. Voy a subir por algunas cosas, y reunirme con ustedes en el jardín,” dijo ella, y después agregó con una pequeña risa, “pero tengan cuidado, si eligen la mano equivocada pueden sellar su destino.”
Mark tomó el jarro de sangría sin pausa. “Esto, creo, es para mí.”
En el jardín, varias parejas, la mayoría con bebes o niños pequeños, conversaban agradablemente. Elizabeth no reconoció a nadie, excepto a Fergus, quién estaba sentado sosteniendo a su hija Olivia de seis meses. Él estaba charlando con un apuesto hombre, cuya esposa embarazada miraba con una lánguida sonrisa, acariciando su enorme panza como si fuera una mascota recostada.
“Hola y hola,” dijo Fergus, mientras se paraba y entregaba Olivia a Elizabeth con un casual, “Si no te molesta, Liz.” La cara de Elizabeth se encendió por un momento mientras sentía el brazo del bebe tratando de alcanzarla.
“No, para nada,” dijo ella, y delicadamente puso la tetina del biberón en la boca de Olivia y miro lejos, lejos de Mark, lejos del jardín y sus invitados, pasando la valla cubierta de hiedra hacia el jardín del vecino donde las salpicaduras y chillidos de los niños parecían enfriar el aire.
“Elizabeth, Mark, ¿Creo que no conocen a Carrie y a Rory?” Elizabeth se volvió, con sus ojos lentos, y su cara esforzando una sonrisa. “¿Y puedo presentar a su hijo Max de casi un año?,” Fergus continuó, mientras que gesticulaba a un niño pequeño en un árbol negro, quién estaba ocupado inspeccionando una parcela de pasto. “El genio del vecindario, superado solo por Olivia, por supuesto.”
Los padres de Max susurraron cariñosamente al comentario, mientras que hacían lugar para Mark y Elizabeth en el banco de picnic. “Perdón no me muevo tan rápido estos días,” observó Carrie mientras que Mark se dejo caer pesadamente y comenzó a servir la sangría. Todavía parada con Olivia en sus brazos, Elizabeth inspeccionó el jardín, notando los árboles recién plantados y un pequeño jardín de hierbas con tomillo, menta, romero y brillantes pimientos rojos. Ella ojeó la ventana de la cocina que miraba hacia abajo desde arriba. Cuán fácil podía ser la vida en tal jardín, pensó ella. Apoyando una fuente grande sobre la mesa, Graciela se abalanzó para recuperar a la ahora dormida Olivia.
“¿Por qué no dejas que Mark la sostenga?” dijo Elizabeth. “Él es tan bueno con los bebés, y estoy segura de que te vendría bien un descanso.”
“Buena idea. Mark, es toda tuya”, dijo Graciela, dejando a Olivia en su regazo. “Pero díganme, Mark, Elizabeth, ¿Cómo están ustedes? Yo estoy en un constante torbellino estos últimos meses. Ustedes no tienen idea, bueno yo no tengo idea, de cuánto trabajo puede llevar una personita tan pequeña. Nunca se termina. Pero díganme, díganme, ¿Cómo va el trabajo, el departamento? Denme alguna noticia del mundo sin pañales y horarios de alimentación e interminables balbuceos de “choo-choo” “choo-choo”, por favoor.”
Elizabeth miró a Mark y pensó lo cómodo que se veía con Olivia. Por un momento un agradable calor corrió dentro de ella, y luego, así de rápido lo quitó de su mente.
“Bueno,” dijo Mark, mirando a la cuna portátil al lado de ellos. “Elizabeth tiene obreros en el departamento, esta idea de dividir el living en dos, ¿Por qué necesitamos una habitación extra?, no tengo idea.”
“Acabamos de volver del norte del estado,” dijo Elizabeth.
“Oh, nosotros vamos a ir la semana que viene,” dijo Carrie, inclinándose. “Max todavía no ha estado en el agua aparte de en nuestro lavabo, estamos muy emocionados de mostrarle un lago, ¿No es cierto Max?”
Mark salió inadvertidamente de la conversación, dejando a Olivia en su cuna de jardín, y se dirigió al improvisado bar. “Quizás hasta vayamos a una granja, para dejar a Max que escuche como suena una oveja de verdad, cómo huele si vamos al caso” dijo Rory, y agregó, como solamente hacia los otros padres, “Estos juguetes de granja electrónicos, ¡ah!”
Elizabeth observó a Mark mientras cortaba fruta y charlaba con Nathan. Se sintió un poco aliviada de ver una cara familiar. Nathan y su esposa eran diseñadores que se habían conocido el año pasado, en la fiesta de fin de semana largo de Fergus en Catskills. Ellos eran una pareja extraña, y mientras que ella no se preocupaba mucho por Mia y sus constantes referencias a su último premio en diseño o sus ganancias en las inversiones, había encontrado a Nathan interesante y agradable para conversar.
En contraste con Mia, una morocha pequeña y un poco dominante; él era alto y apuesto, con modales algo afeminados que lo hacían ver elegante y como un príncipe. Él tenía suaves ojos claros y su voz era suave también, con un dejo de acento británico.
“Mía volviste,” exclamó Graciela. Todo el mundo se volvió para ver a Mia pavonearse hacia la mesa, bastante cambiada. Su pelo estaba más largo, y caía libremente sobre su cara y sus hombros, sus ropas eran sueltas y poco sofisticadas, y junto a su cuerpo envuelto con un largo y brillante canguro de diseño, tenía un pequeño bebé alimentándose de su pecho. Elizabeth trató de ocultar su incredulidad, pero era demasiado tarde.
“¿Es un poco impresionante, no es cierto? Sólo seis semanas,” dijo Mia, mientras se movía por la mesa con la manera lenta y segura de andar de una reina recién coronada. Era doblemente sorprendente, ya que todos sospechaban que Nathan era gay, y que su matrimonio era solamente de papeles y amistad.
Nathan se acercó a la mesa. “Es realmente precioso, ¿No es cierto?”, dijo él haciendo un puchero, mientras que acariciaba la cabeza del bebé. “Realmente no puedo explicar lo bien que se siente de ser un padre. Realmente bien.”
“Él ciertamente sabe como entretenerse a sí mismo,” dijo Mark, notando el entusiasmo del bebé al succionar, su cara traicionando un sentimiento de asombro y miedo.
Mia permanecía de pie un poco alejada, como diciéndole a Elizabeth que mirara más de cerca. “Parece haber una epidemia de embarazos aquí,” dijo ella, y continuó con un tono atemorizante, en la manera en que un ganador de la lotería podría advertir a los pobres sobre la carga de administrar grandes cantidades de dinero. “Si no quieres un bebé mejor que no te quedes en Williamsburg por mucho tiempo.”
“Bueno,” dijo Elizabeth, volviéndose hacia Mark, “La mayoría de los días estamos seguros en Manhattan, nos sentimos bastante inmunes, ¿No es cierto cariño?”
“La mayoría de los días, así es,” contestó Mark. “¿Quién quiere otra bebida?”
“Solo jugo para mí,” respondió Mia. “El mío es el orgánico, el que está en la jarra de vidrio marrón,” agregó ella, en un tono destinado a recordar a todos que su cuerpo era ahora un templo, y como tal requería cuidados especiales. “Vos sabes, no deberías beber nada excepto bebidas orgánicas. De hecho, encontrar frutas locales cultivadas orgánicamente y preparar el tuyo propio es lo mejor. Bueno, no puedes saber lo que metes en tu cuerpo a menos que vos misma lo prepares.”
“Ah, pobre Mia, la buena Mia.” La animó Nathan, mientras que alisaba el pelo de su cara. “Ella está privándose realmente estos días.”
Elizabeth levantó su vaso en dirección a Mark. “Vos sabes lo que quiero, ¿No es cierto cariño?”
“¿No te parece que deberías comer algo antes?” preguntó él. “Si no comes nada...”
“¿Si no como nada qué? ¿Me puedo emborrachar un poco? ¿Y si me emborracho un poco qué? Vamos Mark, no tengo ninguna razón para renunciar a una bebida, especialmente en un día como éste...Caluroso.”
“Ah, deja que la mujer beba,” agregó Carrie. “Que no daría yo por un vaso fresco de sangría, pero sé que no podría.” Ella miró hacia abajo a su estomago y resumió acariciándolo.
“Es tu elección,” dijo Mark mientras que se sumergía bajo el toldo para recuperar las bebidas.
“Sí, mi elección,” Elizabeth murmuró para sí misma.
“Entonces, Elizabeth,” comenzó Carrie, con una inclinación de su cabeza, “¿Entonces ustedes no tienen ningún hijo?”
“No,” dijo ella, y miró a Max mientras él marcaba pequeñas palmaditas de tierra a sus pies.
“¿Oh, entonces no quieres ser madre?” ella preguntó.
“¡Tales preguntas existenciales!” Graciela exclamó, inclinándose sobre Carrie para alcanzar un jarro de agua. “Yo tuve a Olivia a los cuarenta, y estoy contenta de haber esperado.”
Elizabeth miró hacia abajo y sostuvo su vaso en su frente por un momento, buscando un lugar para que pudieran descansar sus ojos mientras viajaban del estomago sobresaliente de Carrie, a los pechos hinchados de Mia, hacia Olivia durmiendo lejos en la cuna. Ella miró a Mark mientras que él apoyaba la botella de jugo, y luego miraba fijamente a la etiqueta hecha a mano “Mezcla de Mia” con letras verdes en negrita.
“Los niños son fantásticos,” declaró Mark. “Son fantásticos. Es solo cuestión del momento adecuado.”
“Ah, eso era lo que nosotros pensábamos,” dijo Mia con un pequeño suspiro. “Pero vos sabes, si estás esperando al momento adecuado... para tener un hijo,” ella continuó, mirando a su bebé y acomodando la posición de sus pechos, “es simplemente, simplemente un nivel completamente distinto de intimidad con tu pareja, con vos mismo.”
En ese momento otra mujer llegó, alta y rubia, delgada, como un rayo de brillante luz veraniega sobre el jardín. Su cabello estaba recogido en un desordenado rodete, y sobre su fina camiseta ella usaba una delicada bufanda que llegaba casi a sus rodillas, una aparente contradicción con el día de calor. Sosteniendo una botella de champaña sobre su cabeza, Camile declaró con un fuerte acento francés, “Graciela, no me importa lo que esos doctores americanos te estén diciendo, vamos a celebrar con un vaso de champaña. ¡Si sale en tu leche, entonces, afortunada la pequeña Olivia!”
“¿De verdad? Qué es lo que estamos celebrando?” preguntó Graciela.
“¡Todo!” dijo Camile, abriéndose paso en la mesa como soplada por una suave brisa para besar las mejillas de cada invitado, repitiendo “Ca va” con cada inclinación de su cabeza. Luke, un hombre sin afeitar, treintañero, tan despreocupados y seguros como vinieron, permaneció atrás con una afectuosa sonrisa y los brazos llenos de vasos de champaña. Elizabeth había escuchado la historia de su romance a través de un amigo en común. Se habían conocido cinco meses atrás, en un café en Costa Rica, donde Camile estaba filmando un documental, y donde Luke había ido con una beca para enseñar y estudiar eco–agricultura. Ellos se movían en el aire intoxicante de un nuevo amor, amor antes de las decepciones, antes de las acusaciones y antes de que los puntos de vista divergentes desgarraran sus dulces velos, amor sin ecos de la palabra no. Camile se inclinó junto a la cuna portátil por un momento y susurró a Olivia, “Qué perfecta.” Luke la miró a ella con la misma expresión y cuando ella lo miró de vuelta, sostuvieron una larga e intima mirada, como si fuesen las dos únicas personas en el jardín.
“Bueno, basta ya” dijo Fergus. “Paren de hacernos quedar mal a las parejas viejas.”
Elizabeth se retiró de la mesa donde todos se estaban riendo y se movió para sentarse junto a Graciela. Ella trató de despojarse de todo, de retomar su momento en la fiesta nuevamente, de mantener una conversación agradable de tarde. “Has plantado tantas cosas nuevas. Éste árbol, ¿Es una especie de sauce?”
“De hecho, es un árbol de mariposas. Pensé que a Olivia le gustaría algún día, si es que las mariposas realmente vienen.”
“¿Y la quinta que estabas planeando el verano pasado? ¿Lo vas a plantar pronto?” preguntó ella.
“Bueno, pensamos en poner un columpio en vez de eso, quizás.”
“Asegúrense de que sea de goma blanda,” Mia advirtió. “O aún mejor: cáñamo. Esos de madera son tan peligrosos para las pequeñas cabecitas. No puedo creer que todavía los hagan. ¿Quién compraría uno?”
Elizabeth tomó un largo sorbo de su vino. “Y los pimientos se ven tan bien. ¿Estás cocinando con ellos?” preguntó ella.
“Bueno, por ahora no. Descubrí que cualquier cosa que como, Olivia lo bebe, así que los pimientos pueden ser engañosos. Puedo cortar algunos para que te lleves, apuesto que están deliciosos. Tu me puedes contar. ”
“Buenísimo” dijo Elizabeth agregando, “Dios, qué calor”, mientras hacía un gesto sobre su hombro hacia Mark por más hielo.
“¿Es mucha presión, no es cierto? Lo que comes, el tipo de crema que utilizas en tu piel, con que limpias la mesada,” Mia agregó. “No solamente comes por dos, haces todo por dos.”
“Todo,” Carrie se hizo eco, y luego dio un pequeño suspiro, como impresionada por la escala de sus sacrificios.
Elizabeth miró de nuevo a Mark. Él estaba hablando con Fergus y Rory acerca de la cabaña que habían alquilado al norte del estado y los senderos para bicicletas que habían encontrado, acerca de un viaje que él esperaba planear hacia el sur de Francia. Él estaba tomando un trago y enrollando un cigarrillo de marihuana, tan libre de preocupaciones como él quería estar.
“¿Quieres más hielo, no es cierto?” preguntó él.
“No. Quiero un mojito.”
“Creo que Luke va a abrir algo de champaña,” él respondió.
“¿Entonces, no hay mojito? ¿O es champaña la traducción al francés de mojito?,” dijo ella, y fríamente sostuvo la mirada de él.
“¿Por qué un mojito?”
“Creo que necesito uno.”
“¿Por qué?” él presionó.
Camile se acercó. “Me encantan los mojitos,” dijo ella.
“Bueno, a mi me encantan los franceses”, se le escapó a Elizabeth con una risa, mientras levantaba su vaso, con las lagrimas alejándose, y terminando su segunda sangría. “¿Cuento con vos? Veo menta, así que todo lo que necesitamos es un poco de ron y podemos hacer una tanda.” Camile sonrió tan calidamente, que fue como un brazo posándose tranquilo y estabilizador, sobre el hombro de Elizabeth.
“Bueno, yo te ayudo a prepararlos, pero primero tengo que ayudar a Luke con algo,” dijo ella, y fue a tomar su lugar al lado de él.
“Atención todos, un momento por favor”. Luke comenzó haciendo un sonido con su vaso. “Todos ustedes saben ya, que esta mujer, su amiga, es el amor de mi vida.” Él hizo una pausa mientras descorchaba la champaña. “Entonces…” Elizabeth se encogió un poco, tomó distancia hacia el borde del jardín, hacia la planta de menta, y lejos de aquello, que ella asumió, sería el anuncio de otro compromiso, o mudanza juntos. Solamente cinco meses pensó para ella. Cinco meses y él está tan seguro. Él es un hombre que sabe lo que quiere. Él es un hombre como los otros. Él sabe, y ella es encantadora y ¿Por qué no? Ella examinó a Mark, quien parecía no saber nada, no necesitar nada, tan extasiado en la felicidad del grupo, tan separado de ella. Ella lo miró a él con los ojos de quien se está ahogando, su cabeza apenas sobre el agua, pero él no la vio. Ella examinó a cada mujer en el grupo. ¿Qué habían hecho para ganar tal plenitud? ¿Qué es lo que no había hecho ella? Ella comenzó a repetir en silencio, como una mantra, “No me voy a sentir mal. No voy a...” mientras que el agua que goteaba de su vaso escurría por su brazo.
“¡Oh terminen con eso, sean breves!,” insistió Fergus, exagerando su pronunciado acento irlandés.
“Camile, levanta tu mano izquierda por favor…” Graciela dijo en tono de broma.
“No hay necesidad,” comenzó Camile. “Como todos saben yo no creo en el matrimonio. Pero creo en el amor. Alguna gente dice que amo el amor. Y bueno,” ella hizo una pausa, mirando a Luke, “Creo que ya no necesito más esta bufanda, porque es momento de que todos ustedes sepan.” Ella se quitó la bufanda de su cuerpo como corriendo el telón de un escenario en miniatura, acunando el pequeño y redondo estomago que había estado escondiendo.
“Vamos a tener un bebé,” dijo Luke posando su mano sobre la de ella, “Un bebé.”
“Ves, ¡te lo dije!,” dijo Mia, volviéndose hacia Elizabeth, mientras que todos los consejos y preguntas y abrazos de felicitaciones comenzaron a abarrotar a Camile como pequeñas salpicaduras de confeti. Fergus sirvió y pasó la champaña alrededor. Un pequeño sorbo de celebración fue la excepción que hizo cada madre, porque esto después de todo, era una ocasión importante. Elizabeth también levantó su vaso en un brindis sosteniendo mientras tanto el puño lleno de menta en la otra mano, y mientras que las palabras de Nathan de “bienvenida al club” se iban desvaneciendo, ella agregó,
“Gracias a Dios por los hombres, y por todas las dichas que nos traen.”
Traducción del inglés por Cintia Amorós
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