Sunday, April 27, 2008

Envidia de los balcones

Suzanne LaGrande

Antes de mudarme a Buenos Aires desarrollé una condición que ahora reconozco como “envidia de los balcones.” Comenzó en Nueva Orleáns, con ávidas miradas a espaciosas barandas y pequeños porches de entrada donde por la noche parecía que toda la ciudad tenía tragos en una mano, abanicos en la otra, saludando a los transeúntes. Un vistazo a esos negros balcones de hierro forjado (como con encaje) en el Barrio Francés, donde vi a una mujer observando en la distancia, como si desde su propio trono privado acelerara mi casual anhelo hacia una completa obsesión. ¿Sería mi vida diferente, yo me preguntaba, si yo también disfrutara de la vista desde un balcón?
Aunque no fue la única razón, la posibilidad de tener un balcón propio fue parte importante en mi decisión de mudarme a Buenos Aires. Una ciudad moldeada al gusto de la Bélle-Epoque en su exterior, tan ornamentada y tal vez más grandiosa que las fachadas de Paris, Buenos Aires es una ciudad de balcones por excelencia. Redondeados, con contrafuertes de mármol, alargándose en las esquinas de los edificios, con vista a dos calles al mismo tiempo, cuadrados y cercanos, con bicicletas apretujadas contra las ventanas, otros decrèpitos, con su base descascarándose, resistiendo el peso de una vieja heladera o repletos de familias domingueras y olor a asado, las calles de Buenos Aires están llenas de balcones.
Parada al filo de los barrotes de su propio balcón, uno es inmediatamente coronado por un halo de grandeza, con todos los derechos y responsabilidades de tener personas que pasan inspeccionando, juzgando y revisando. Algunos balcones son jardines secretos, aunque no totalmente ocultos, un espacio verde o una potencial selva arrinconada dentro de los límites de la ciudad. Con un balcón, yo sería como el capitán de un pequeño barco, investigando el reflujo y las mareas de la calle que observo debajo. Sin duda me convertiría en la peor clase de chusma de barrio, atenta como un reloj a las llegadas y partidas de mis vecinos, así como ellos comentarían sobre las mías:

“Su acento, ¿qué era, de Europa del Este?”
“Demasiado amigable para mi gusto, hay algo raro en ella.”
“Bien pasados los treinta y sin hijos, ¿qué encuentra para hacer una mujer ahí todo el día?”

Con un balcón, dejaría a un lado la perversa lista de “cosas para hacer,” y las que no hice y en cambio vería las pequeñas cosas de la vida cotidiana: una niña con su pollera tableada arrastrando su valija con útiles color bordó, con sus rueditas haciendo ruido en las calles empedradas, o las hojas sueltas de las plantas que acabo de trasplantar. Al menos con un balcón las plantas a mi cuidado no temblarían más con el exceso de mis atenciones.
Un balcón podría enseñarme los avances de una vida más lenta, una vida vacía de “actividades productivas” y podría aprender a sentarme, sin ningún motivo ulterior que justificara mi quietud, absorta por nada más que el viento, las cambiantes temperaturas y los aromas de las estaciones que llenaran mi alma. Tal vez con un balcón podría por fin aprender el arte de “pasarla bien,” haciendo nada en particular, pero haciéndolo bien. Aquí en Buenos Aires, parecía que mis sueños de días lánguidos recostada sobre la baranda de un balcón podría estar al alcance de mi mano.
El balcón era perfecto: redondeado, a la calle, entre dos enormes jacarandaes. Toqué el timbre de la entrada junto al letrero que decía “Pensión para Señoritas.” Como todo el mundo sabe, y los extranjeros lo aprenden pronto, para alquilar un departamento en Buenos Aires uno necesita alguien que posea una propiedad en Buenos Aires para salir de garante. La alternativa, para aquellos que vienen aquí desde el interior, o que no ganan en dólares, son pequeñas pensiones donde por doscientos pesos por mes se puede alquilar una habitación amoblada con cocina y baño compartidos. Yo ya había alquilado una casa con otros estudiantes, y me gustaba vivir con otras personas. Además, sería una forma perfecta de aprender español. Parecía la solución ideal, especialmente si el balcón que se veía desde la vereda estaba disponible.
Una mujer de unos 50 años, con un vestido gris desgarbado bajó las escaleras de mármol y me guió a lo que había sido un elegante lobby de hotel hace aproximadamente 50 años. Pasamos la habitación con el balcón y me llevó a la parte trasera, pasando a una jovencita con un uniforme rosa y a otra mujer de aspecto cansado con dos hijos colgando de su falda mientras lavaba la ropa a mano, subimos unas escaleras al tercer piso, donde pude ver a través de una puerta abierta una manta con motivos de leopardo y una mesa llena de fotos familiares. La dueña de esa habitación nos saludó mientras baldeaba el pasillo calzada con zapatos de taco alto, que yo pensaba que en realidad estaban hechos para caminar. La habitación disponible era oscura, sin ventanas, tan grande como para albergar una cama individual con un colchón fino como un papel. Esta era la forma en que las “mujeres de la vida” de Buenos Aires viven y, aunque seguramente obtendría una muy buena educación en esos aspectos, tuve miedo de que mi computadora desapareciera en un abrir y cerrar de ojos y de que en un mes estaría desesperada, no solamente por el desastre de habitación, sino también por la dificultad de vivir que pude observar en mi breve tour. Además, la habitación del balcón que yo tanto deseaba resultó pertenecer a la propietaria del lugar.
Con el tiempo me las arreglé para encontrar un departamento en Buenos Aires. Como todos los departamentos, aprendí que no viene con heladera, pero sí tiene luz de sol, y hasta un guardarropas empotrado, aunque no tiene balcón. Sin embargo tengo una pequeña terraza. Si me paro en puntas de pie puedo ver el horizonte plagado de techos, y desde un punto en particular puedo ver el jardín de un vecino. No era un balcón lo que yo anhelaba, sino mi propia ventana al mundo, que mira no a la calle pero al menos hacia arriba, hacia el cielo.

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