golpe como algo irreal en una nube muy por encima de ella, inalcanzable. retorciéndose y girando, las letras elegidas siguen al líder en su celestial patio de juegos, bailando y agarrándose fuerte de las manos, como niños. el mero hecho de saber que la palabra estaba en algún lado la consolaba, la salvaba de la locura, de gritar hasta quedarse sin voz, de tomar un cuchillo afilado del cajón de la cocina.
después de 25 años de matrimonio nada resultaba más fácil. algunos días sentía rejuvenecer su paciencia y luchaba contra la bestia. hoy su paciencia crujía tanto como ella a sus 62 años. su mente buscaba aplazar el desfile de las palabras de odio. “eres gorda, estúpida y despreciable”, comenzaba. un golpeteo. los detalles también dolían, pero el tema era siempre el mismo. “¿por qué ella no había logrado nada en la vida, como había hecho él”? —un capitán de la armada retirado que pasaba la mayor parte del tiempo ebrio de Jack Daniels y autosuficiencia. “¿por qué no podía esforzarse más por complacerlo?”— ponerse vestidos sensuales como las jóvenes mujeres que trabajan en el mostrador de perfumería en la tienda Bloomingdales. el tema era por qué no puede ser otra persona, alguien que le guste más. su madre sabía bien cómo iba a ser su vida con este tipo, pero no intentó advertírselo ni disuadirla. más bien la codeó diciéndole: “es un hombre complicado, pero tienes mucha suerte”. al principio, sus explosiones de enojo se parecían más a la pasión y a la energía que al vicio. si sospechaba que había un ladrón, entraba pateando la puerta; si perdía un partido de fútbol, le daba un puñetazo a la pared; si tenía un mal día, arrojaba la bolsa de comestibles a través de la habitación. en esa época ella se hacía ilusiones, pero ahora aceptaba gustosa el engaño. se colocaba una venda con hielo en el hombro, llamaba a la única amiga con la que se permitía esta indiscreción y se iba por una noche. a la mañana siguiente, él se arrepentía. se arrepentía en serio y la miraba con ojos dulces. en esos momentos a ella no le costaba sentir Compasión. la maldad de ayer desaparecía con el paso de las horas y la caricia de un oído atento. la llenaba como el silencio y hacía brillar su mirada apagada. le curaba el sufrimiento interno y ella retomaba su vida.
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