Maryann Ullmann
Leilagh y Jess se conocían mucho más allá de su propio bien. El día en que se conocieron quedó claramente en la mente de Leilagh como en un encuentro con lo sobrenatural. Ella tenía seis años, y su familia se acababa de mudar del norte de Irlanda a Vermont, a una vieja casa de campo con rincones tenebrosos que olían a naftalina y moho, y que tenía muchas necesidades de limpieza. Era un pequeño pueblo, del tipo de los que tienen un almacén general, un negocio de muebles usados, una estación de servicio que cerraba a las 9 de la noche, y una biblioteca en una casa con porche inclinado. La casa quedaba cerca del centro, justo en frente de una entrada destartalada sin pavimentar que desaparecía misteriosamente dentro del bosque, decorado solamente con un buzón casero de madera pintada con un arco iris y una versión infantil de lo que podría ser una oveja o una nube, o un cruce de ambas. Mientras sus padres sacaban el contenido de las cajas, arremangándose para fregar, y le decían a Leilagh que estuviera quieta y fuera del paso, que ya parecería un hogar pronto, Leilagh pasaba horas enroscada en la ventana, sentada contemplando la entrada, esperando ver quién o qué saldría de ahí.
Finalmente, una tarde en la tenue luz del sol que sigue a una mañana de lluvia, una niña pelirroja, completamente desnuda salvo un par de botas de lluvia rosadas y un montón de brazaletes de goma, vino saltando por ese camino siguiendo un sapo. Se inclinó para ahuecar sus sucias manos sobre éste, luego simplemente desapareció, y continuó con su propósito, hasta que estuvo prácticamente sobre la calle. Leilagh se quedó mirándola con los ojos muy abiertos como si la niña fuera alguna clase de extraterrestre, o de hada. ¿Dónde estaba su ropa? ¿Dónde estaban sus padres? ¿Sabía que no tenía que ir a la calle? ¿Quién la estaba cuidando? ¿Y realmente se divertía sosteniendo sapos? ¿Acaso no eran pegajosos?
“Ma”, anunció en la cena esa noche. “Hay una chica de mi edad del otro lado de la calle. Yo la vi.”
“Qué bien”, dijo su madre. “Cuando tengamos las cosas organizadas podemos ir e invitar a los vecinos a cenar. Estoy tan contenta de que estés pensando en hacer amigos, Leilagh.”
Había omitido, sin embargo, los detalles de su visión, y un par de días más tarde sus padres sin sospechar nada estaban pasando con ella por la entrada, cargando un pequeño y pulcro paquete de galletitas, mientras el barro salpicaba los zapatos de su papá.
“¿Hasta donde llega esta entrada?, dijo. “Quién hubiera pensado que hemos debido agarrar el coche, sólo para cruzar la calle?”
“No sé, Charles, crees que deberíamos dar la vuelta y agarrarlo? ¿Son seguras estos bosques?”
Pero justo entonces Leilagh vislumbró algo rojo a través de los árboles. “Veo algo” exclamó.
“Qué buen ojo,” dijo su padre, y continuaron. Por fin salieron a un claro que albergaba a una gigante y desproporcionada granja roja, imprecisas manchas de jardín y yuyos, y unos inventos raros como si se tratara del paraíso de algún inventor loco, que luego Leilagh comprendió que consistía en algunos molinos funcionales, semi-funcionales y en desuso, calefón y ducha, horno solar con un panel reflector gigante, una bañera a leña (como si alguien fuera a ser cocinado en una gran olla de sopa de conejo en uno de los dibujitos animados de Bugs Bunny), un secador de frutas solar, una vieja bañera para pisar uvas, una bicicleta alimentada por la presión de sidra de manzana, y pedazos de una épica casita de árbol que nunca había sido terminada.
Leilagh miró alrededor con sus ojos cada vez más abiertos por la curiosidad mientras sus padres se movían inquietos.
“No veo un timbre,” dijo su madre, examinando la casa. “¿Será acaso la puerta principal?”
“Déjame ver,” dijo su padre mientras tropezaba con algunos bloques de madera y paja abandonada al mirar al otro lado. “¡Hola!” llamó. Volvió y golpeó la puerta. “¡Hola!”
“Me parece que no hay nadie,” dijo su madre. “Tal vez deberíamos irnos, Charles.”
“Espera, escucho algo” dijo, y algunos momentos después ellos pudieron oír un ahogado grito de “¡Estamos aquí! ¡Esperen!”, y unos pesados pasos y finalmente la puerta se abrió oscilando a una robusta mujer envuelta en un vestido turquesa y naranja, su largo pelo sostenido por un pañuelo gitano y sus manos cubiertas hasta el codo de harina.
“Perdón, estaba afuera haciendo pan y no oigo bien la puerta desde ahí. ¿Han estado esperando mucho? ¿Puedo ayudarles?” preguntó.
“Soy Charles Baxter,” dijo el padre de Leilagh, extendiendo su mano y luego dejándola caer otra vez cuando recordó que las de ella estaban cubiertas de harina. “Y ella es mi esposa, Claudia, y nuestra hija Leilagh. Acabamos de mudarnos cruzando la calle y queríamos presentarnos, pero si está ocupada podemos volver en otro momento, no queremos ser entrometidos.”
“¡Oh, no! ¡No!” dijo la mujer. “No estoy ocupada, nunca lo estoy. Cosas para hacer, pero ¡eso no es estar ocupada, sino solo vivir la vida! Por favor, pasen. Espero que se queden aquí un momentito, necesito dejar esta masa cubierta o las moscas la alcanzarán. ¡Pero por favor, siéntanse como en casa! ¡Estoy tan feliz que hayan venido!”
La siguieron por la casa con mucha precaución, pasando una escalera con libros apilados, papeles, y bandejas de tarros esperando que alguien recuerde ponerlos en sus lugares; pasando la cocina llena de cacerolas y ramos de hierbas colgados de las vigas; pasando una sala amplia, soleada y llena de colchones, y --¿Era un trapecio colgado del techo? Y después emergieron al patio donde pilas de masa reposaban como lunares en una mesa grande de madera y un horno redonda de barro echaba humo por su chimenea, un fuego caliente crepitando en su barriga.
“¡Entonces!”, dijo la mujer, despejando las sillas de libros de recetas y materiales para pintar, para que sus invitados tuvieran lugar para sentarse. “¡Bienvenidos! ¿De dónde proviene su acento? ¿Son escoceses?” Empezó a buscar toallas para cubrir la masa y se lavó los brazos con una manguera, al tiempo que decía: “¡Ay! ¡Está fría!”
“Irlanda,” dijo la madre de Leilagh. “Irlanda del Norte, en las afueras de Belfast.”
“¡Irlanda!” repitió la mujer. “Qué bien. Estuve ahí una vez, en el sur. Paseamos en bicicleta alrededor de la península de Dingle e hice buceo con los delfines en la bahía —¿cómo se llamaba? Fungi. Un nombre extraño para un delfín, pero divertido. ¿Saben si Fungi sigue con vida? Me pregunto cuánto tiempo viven los delfines.”
“No estoy segura…” dijo su mamá. “Yo nunca—“
“Me pregunto quién pensó en ese nombre”, continuó la mujer. “¿Creen que signifique algo en gaélico, además de, bueno, fungi? ¿Saben algo de gaélico?”
“Sí, sabemos un poco”, dijo el papá de la niña. “Pero es un dialecto diferente del que se usa en el sur y ni siquiera escuché la palabra fungi.”
“Es fascinante,” dijo la mujer. “No sabía que “dingle” era sinónimo del bulto de un hombre, como se suele decir, porque la península tiene esa forma. De todas formas, estoy segura de que el nombre Fungi está bien, y si no, no pasa nada y la vida continúa. Seguro que el delfín sabe cómo vivir la vida al máximo y jugar mucho, de cualquier manera. Los delfines entienden muchas cosas, ¿no lo creen?”
Los padres de Leilagh asintieron cortésmente.
“Trajimos unas galletitas”, dijo su mamá, todavía un poco sonrojada por el comentario sobre “dingle”. Les ofreció el paquete. “E íbamos a invitarlos a cenar una de estas noches. Leilagh dice que vio a una niña en la entrada de su casa. ¿Es su hija?
“¡Ah, sí!!” dijo la mujer. “Mi hija se llama Jess. Salió con su padre a revisar los cubos para recoger savia de arce. Ya deben estar por volver, pero nunca se sabe. Qué papelón, no me presenté, ¿verdad? Soy Kathy. Temo que tendrán que repetirme sus nombres. Me avergüenza decir que nunca recuerdo los nombres cuando recién conozco a la gente. Ay, me encantan las galletitas…”
Volvieron a presentarse mientras Kathy abría el paquete de galletitas de mantequilla y agarraba un par para masticar; luego, les volvió a alcanzar el paquete abierto para que se sirvieran.
“Jess debe tener tu edad”, le dijo a Leilagh. “¿Cuántos años tienes?”
“Seis,” respondió la niña.
“¡También Jess! ¿De qué signo eres?”
Leilagh parecía confundida.
“Cuándo es tu cumpleaños?”, volvió a intentar la mujer.
“El primero de octubre.”
“¡Ah! Eres de Libra,” dijo. “Siempre en busca de la belleza y el equilibrio, tomándose el tiempo necesario para sopesar las decisiones y procurando justicia. Me gusta la gente de Libra. Jess es de Tauro, con los pies en la tierra y muy táctil. Creo que serán buenas amigas.”
Aunque Leilagh no tenía idea de lo que significaba “táctil” o sobre el tema del que estaba hablando esta mujer, enseguida le cayó bien. En poco tiempo Kathy se transformaría en una segunda madre para ella, una persona mucho más vibrante, chiflada, dominante y abiertamente disfuncional que compensaba a su propia reservada, prudente, preocupada, tibia y disfuncional madre.
“Yo soy de Acuario,” continuó Kathy, “un signo de aire como el tuyo. Claudia, Charles, ¿de qué signo son? Déjenme adivinar. Claudia, debes ser de Cáncer…”
“No creemos en la astrología”, dijo Claudia, con un poco más de brusquedad que lo que habría querido.
“Ah, ya veo,” dijo Kathy. Un silencio profético e incómodo los envolvió. Prefiguraba los años por venir, llenos de cumplidos forzados, evitándose para ocultar el desprecio mutuo que sentían. Un par de conflictos de cosmovisión sin restricciones, sus hijas manipuladas como títeres, cada pareja acostumbrada a su propio punto de vista benévolo: permitirían la amistad de sus hijas porque seguramente la propia sería una buena influencia para la otra, a quien no se podía culpar de la ignorancia de su familia.
Leilagh, según la opinion de Kathy, necesitaba urgentemente encontrar el camino hacia la liberación. Y la pobre y descarriada Jess, de acuerdo con Charles y Claudia, debía hallar el camino hacia Dios.
El silencio finalmente se rompió cuando Jess y su padre volvieron de caminar por el bosque. “¡Hablando de Roma, el burro se asoma!”, anunció Kathy.
Jess entró junto a un hombre alto, desgarbado y con barba tupida. Esta vez iba vestida, con un etéreo vestido blanco de corte princesa un tanto raído y un par de borceguíes de tamaño ligeramente mayor al necesario. Tenía los puños llenos de pinochas, brotes de helecho y hojas que había recogido.
“¡Tenemos visitas!”, los llamó Kathy.
Jess entró de un salto y sus ojos se posaron inmediatamente en Leilagh. Sin una palabra, una enorme sonrisa involuntaria iluminó su cara, la que producía un efecto contagioso que hacía desaparecer todas las inhibiciones de Leilagh. Sí, iban a ser buenas amigas. E incluso hermanas.
Nota del autora: Eso es una selección del capitulo uno de una novela en curso, titulada El agujero azul
Traducido por Gabriela Paula Bekenstein
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