Sunday, April 27, 2008

Alias la perra

Sharon Haywood

No importa cuánto lo intente, no importa adónde viva, parece que no puedo librarme de ella. Sé que es de mi familia—prima hermana del lado de mi madre—pero el lugar común que dice “la sangre es más fuerte que el agua” no significa mucho para mí. Se llama Enojo, pero cuando es absolutamente necesario llamarla por su nombre, prefiero referirme a ella como La Perra. Hay días en que simulo no darme cuenta de que me mira desde la ventana del noveno piso de su departamento, ubicado justo frente a la ventana de mi sala de estar en el octavo piso. En esos días, sabe que me siento bien, confiada, poderosa. Sabe que no vale la pena el esfuerzo de venir e intentar una charla trivial, así que ni se molesta en hacerlo. Me complace decirles que hoy es uno de esos días. Pero otros días, cuando mis defensas se debilitan, es mucho más descarada. Tiene el don de percibir cuando dormí poco, me siento abrumada o muerta de hambre. En esos días, me sigue de cerca, me pisa los talones y echa su repugnante aliento en mi cuello. Sólo una bocanada de su hedor—una combinación de humo rancio, sudor grasoso y comida a medio masticar metida entre sus dientes—es suficiente para que se me haga un nudo en el estómago. El gusto ardiente del ácido detrás de mi garganta es su marca identificadora.

Nueve de cada diez veces aparece en presencia de La Grosera, La Egoísta y La Injusta. No se confundan al pensar que La Grosera, La Egoísta y La Injusta son sus amigas, porque no lo son. Más bien, ellas le dan energía; se alimenta de ellas. La Grosera, La Egoísta y La Injusta le dan fuerza. Cualquier cosa que le dé motivos para quejarse la hace más fuerte.

Así pasó ayer, cuando cometí el error de dejarla pasar, que es más o menos el equivalente a darle un pase libre para que empiece a despotricar. Sus quejas de ayer demostraron la dificultad que tiene para probar lo útil que es en mi vida.

“¿Recuerdas cuando te provoqué hasta el punto de abofetear y maldecir a ese tipo asqueroso que se frotaba contra ti en ese atestado vagón de subte?” dijo, mientras echaba una lenta seguidilla de anillos de humo en mi cara. La Perra sabe que sigo fantaseando con dar unas cuantas pitadas de un Marlboro suave. “Deberías haberle dado un rodillazo en donde más le duela.” Hasta el día de hoy no estoy plenamente segura de si estaba excitado sexualmente o si sólo se trataba de la multitud que lo empujaba en la hora pico. Trato de no pensar en eso.

“¿Y ese día en que finalmente te hartaste de toda esa gente en la caja rápida del supermercado que estaba delante de ti con más de los ocho artículos permitidos? Me enorgullecí tanto de ti cuando regañaste a esos imbéciles.” Recordar cómo le gritaba a una madre de dos niños obviamente estresada y a un hombre anciano me hace avergonzar terriblemente.

“¿Y cuando te infundí el valor para perseguir a ese punk que te robó la cartera? Si yo no hubiese estado ahí habrías gemido y llorado como un bebé por haberte convertido en víctima,” dijo, mientras yo me maravillaba al ver el humo que escapaba entre los huecos entre sus dientes. Nunca recuperé la cartera y terminé llorando.

Para proteger mi salud mental y minimizar su presencia en mi vida me di cuenta de que debía conocer a sus amigos y enemigos. Sus mejores amigos son Resentimiento, Arrogancia e Irritación. Son como el “grupito” de las chicas de secundaria que se ríe y se burla de Los Que No Están En Onda. Me avergüenza decir que, en más de una ocasión, en realidad los invité a mi casa. También visitamos con frecuencia a mi familia. Sin embargo, de a poco estoy aprendiendo a no dejar que Resentimiento, Arrogancia e Irritación me hagan creer que es buena su presencia en mi vida. Conocer a los enemigos de La Perra me ha salvado; en realidad, pasar más tiempo con su peor enemigo me ha aliviado bastante.

Honestidad—le debo mucho. Me llevó un tiempo entender su punto de vista, pero ahora le creo cuando dice que La Perra es una cobarde. (Una acotación al margen: la semana pasada cobró sentido el hecho de que La Perra siempre acomode su ropa en exceso, incluso en esos días húmedos, de un calor infernal. La ropa es como su armadura.) Siempre que invito a Honestidad a casa, La Perra sale corriendo. No puede soportar estar en la misma habitación que él. Honestidad tiene una voz profunda y dulce. Su piel caoba es perfecta. Sus celestiales ojos de color azul claro tienen una mirada penetrante. La Perra sabe que Honestidad tiene el poder de volverla una parte secundaria de mi vida. Honestidad señala continuamente, con paciencia, que cuando La Perra descubre la raíz de lo que realmente le duele, desaparece y no se la encuentra por ningún lado.

Finalmente entendí que es verdad aquel viejo refrán que dice que uno no puede elegir a sus parientes, aunque sí puedo elegir el tiempo que paso con ellos. En estos días hago mis mejores esfuerzos por no ignorarla, porque eso la provoca aún más, como a un niño que estalla en una rabieta. En lugar de eso, siempre que aparece La Perra, llamo a Honestidad y lo comunico con ella. Por lo general, es una conversación corta.


Nota de la autora: La Perra es un personaje entre muchos otros que aparecerán en una próxima antología de cuentos cortos.

Traducida por Gabriela Bekenstein.

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