Sunday, April 27, 2008

Momentos de revelaciones divinas

Ambi Alexander
Me subí al taxi 3 segundos antes de empaparme. Durante la clase el clima se había transformado de nublado a torrencial. La lluvia azotaba la vereda y todo lo que se movía buscaba frenéticamente refugio. Los taxis estaban llenos y en una tarde como esta, eran imposibles de conseguir. Me apuraba por la calles de mano única forcejeando con mi paraguas, esperando un milagro o un golpe de suerte. Frente a la iglesia, un taxi se arrimó y mientras una mujer se bajaba, yo agradecía a Dios y con señas indiqué al chofer que me quería subir.
Al principio no noté nada especial. Estaba tan aliviada y exhausta por la lluvia, que lo único que hice fue respirar profundamente unas cuantas veces. Entonces ví sus ojos prominentes y su enredado cabello blanco. Espejo retrovisor. “Cerviño y Lafinur,” le dije. Asintió y entró en la lluviosa y pesada mezcla congestionada de colectivos y taxis. Tomó una bocanada larga de un cigarrillo y sopló anillos cuadrados de humo por un lado de su boca. El taxi apestaba a estanque húmedo y luciérnagas de Montana. Primero me preguntó de donde era. Era obvio por la pronunciación de los nombres de las dos calles que no era porteña y quería saber lo que hacía. “A qué te dedicás?” Lentamente indagaba información para sus futuras observaciones sobre la vida y yo. “Soy escritora” contesté con un algo de falsa seguridad. (Imaginen la cara de Suzanne, mi profesora, cuando le cuente, pensé con orgullo). Sus ojos se abrieron más y sus manos arrugadas con uñas largas se aferraron un poco más al volante.
“Que tipo de literatura escribís?” Escribo literatura fantástica —sobre mundos que realmente no existen. Algo endeble la respuesta pero ya está —todos la vamos inventando al andar de una forma u otra. Con su frente fruncida y sus ojos medio cerrados me preguntó en largos y articulados respiros. “¿Que pensás que es la fantasía?” Epa, qué giro esotérico. Esto empezaba a ponerse interesante. Sus mirada penetrante, sus uñas de bruja y sus hombros encorvados le daban un aire misterioso y atractivo. De pronto yo tenía 9 años otra vez. “Bueno” titubeé “fantasía es lo que tu imaginación pueda crear, ¿puede ser cualquier cosa?” Terminé mi respuesta en pregunta y mi voz subió una o dos octavas perdiendo confianza. Él fue al muere. “¡NO!” Y movió su índice derecho hacia mí. “Fantasía es la combinación única entre lo real y lo imaginario. Por ejemplo, el centauro, mitad hombre, mitad caballo, o la sirena, mitad mujer, mitad pez. La gente acepta la fantasía porque tiene algo con lo que la puede relacionar” (Mierda; yo sabía eso) ¿Cómo terminé en este taxi?
Arremetía contra el tránsito con gruñidos, resoplidos y bufidos, y, con la misma destreza, cambió de tema. “¿Tenés hijos?” preguntó. “No todavía” fue mi honesta respuesta. Entre cerrando los ojos y mojándose los labios con la lengua cubierta de carbón me advirtió. “No te apures. Tomate tu tiempo, disfrutá de la vida, viajá. Conocé el mundo. Cuando tenés hijos, tenés que darles de mamar por lo menos por un año. Es lo más importante que puede hacer una mujer. Nunca dejes a tu hijo los primeros seis años. ¡Esto es fundamental!”, se exhaltó, blandiendo el puño derecho en el aire, sosteniendo el cigarrillo y de alguna manera maniobrando por entre el tránsito. OK. Aparte del mérito del consejo paternal, me maravillaba su coraje.
Hablaba como todos los argentinos. Más con las manos que con la voz, pero también despacio, articulando cada palabra para lograr un mayor efecto dramático. Hacía una pausa y me preguntaba si le entendía. Me dice que trabaja en el mundo del espectáculo, con los ojos bien abiertos, otra vez, casi saliéndole de las órbitas. “Tenés que escribir para el teatro” me dice. No fue una sugerencia. “Contá la verdad” dice. “Contá la verdad sobre los problemas de estos tiempos, de nuestra gente” Nosotros somos la gente. Vos sos la gente. ¡Contá la verdad con lo que escribís! ¿Qué otra cosa hay”, exigió saber. Yo estaba cautivada. ¿Quién habla de la verdad en un viaje en taxi de diez minutos? ¿Quién habla de la verdad en algún lado?
¿Será ésta mi señal? Es casi demasiado obvio. Tan obvio que podría malinterpretarse como algo menor, menor que el mensaje que da. ¿Será ésto lo que mi amiga Wendy llama “Momento de revelación divina?” Todos los hemos tenido, aunque no los reconozcamos o no le demos un nombre. Son episodios que ocurren con extraños (cortos, por lo general, por lo que uno puede olvidarlos fácilmente si no está prestando atención) que te indican y te preguntan las cuestiones más personales. Cosas de las que no hablás o no podés hablar con tus íntimos. Cosas que quizás pensás pero no decís. Cosas de tu subconsciente sobre las que sólo Dios sabría cuestionarte, orientarte, preguntarte. Buenos momentos a bordo de un taxi. Que se guardan como el título de algo. “Verás un cartel que promociona un espectáculo llamado Poder de Afectación – Niños y Adolescentes de las Artes.” Lo repitió, diciendo cada palabra lentamente mientras me miraba a los ojos para que lo recordara. “Miralo y disfrutalo. Luego venime a ver por un trabajo. Vaya.
Sobresaltada, le pagué el viaje y le pregunté el nombre. “Santino Milagro —mi madre es española y mi padre italiano.” Nos dimos la mano y terminé mi viaje a la fantasía. Me di vuelta dos veces para mirar, parpadeando con los ojos húmedos de lluvia para asegurarme de que no era sólo mi imaginación.
Podría haber sido uno de los millones de bichos raros que hay en Buenos Aires, ebrio de humo y de sus propias ideas no aplicadas luego de demasiados años en la universidad gratuita. ¿O tenía razón? Pensé en las innumerables sesiones con parapsicólogos, intérpretes de la palma de la mano, maestros del tarot, lanzadores de cartuchos de santa tierra y expertos en astrología a las que fui para descubrir quién soy, qué debo hacer con mi vida. ¿Acaso esto era más real que el único consejo que recibí de mi madre nacida en la década del ’50? —“Querida, tomá clases de dactilografía, al menos estarás segura de conseguir siempre un trabajo.”
El señor Milagro me rondó esa noche. Sus ojos penetrantes y su voz firme entraron en mis sueños, que generalmente eran de color de rosa. “No sigas esperando que empiece tu vida. Ya sabés lo que hay que hacer.”

No comments: